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Siempre me dio tranquilidad esta canción. Tranquilidad y nostalgia. Pero no esa nostalgia ñoña de algo pasado que se supone fue mejor o de un recuerdo, quizá inventado, más o menos agradable. No. Es algo más vital, más orgánico. Es esa nostalgia del que quiere crear cosas nuevas, y quizá inventar nuevos y buenos recuerdos, a ser posible agradables, y sin embrago es consciente del atrevimiento que supone intentar gobernar el tiempo y el espacio. Porque el tiempo no se puede gobernar y el espacio es el que es. Y a veces me gustaría poder estar en varios espacios a la vez o más tiempo en algún espacio determinado. Y a veces no se puede.

Y entonces escucho alguna canción, como esta, que me lleva un poco a ese espacio. Una canción que mece y arrulla, a medio camino entre un sosegado qué bueno verte y una nana progresiva en busca de sweet dreams.

Me lleva a playas donde posiblemente hay palmeras y arena negra. Me trae a la mente el viento, el sol, quizá una montaña alta y peligrosa a lo lejos. O no tan lejos, pero sí al fondo. Me evoca luz. Esa luz que deslumbra, ya sea de día o de noche, o minha galera, minha cachaça. Porque también me evoca mil y una noches estrelladas, una conversación infinita bajo cajas parlantes o en el más absoluto silencio roto por risas y anillas, disfrutando el penúltimo tsunami. Me evoca miedos compartidos, alguna lágrima, nuevos comienzos, una búsqueda. Y guerra. Y paz. Quizás al fin la paz. La paz que llega a su plenitud con una vida nueva y otras que transcurren en paralelo. Qué de cosas me evocas, o minha menina, minha querida, minha Valeria...

kboy
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