Clavar la tienda y salir corriendo es una de nuestras tácticas de supervivencia festivalera favoritas. Todo sea por no perdernos ni un minuto de música. Así que dejamos nuestra quechua instalada en un camping de las afueras de Argèles sur mer, nos sacudimos de la cabeza las imágenes de
Roskilde Festival del día anterior y marchamos a todo gas para el Chateau de Valmy bajo la cortina de agua de una de esas tormentas de Julio, que llegamos tarde al
Festival Les Déferlantes!
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Pero los primeros conciertos se han anulado por la lluvia así que estamos a tiempo y, curiosamente, la primera en estrenar el escenario principal y saludarnos a nuestra llegada de Roskilde va a ser la danesa
Agnes Obel. Tras el desprecintado de la batería y el resto del equipo, Agnes se sienta al piano y sus dos acompañantes de cuerda se acomodan como pueden bajo un toldo de camping que nuestros cerebros intentan sustraer de la imagen. En el fondo es mejor así, porque el parque de Valmy, con su castillo, sus escenarios aún goteando, y una danesa al piano bajo un toldo de camping, resulta una peculiar caja de música queen la que va a funcionar durante tres días un carrillón que empieza con la suavidad de
Riverside.
La encargada de abrir
el
escenario Chateau es
Hollisyz cuyo sonido, por mucho que la cantante se empeñe en negarlo, es un puente que conecta los ecos de los 80 con la generación de principios de siglo XXI saltándose con elegancia el
indiepop de la última década. Y no solo por el
look oxigenado de Cécile Cassel sino por su interesante abanico de recursos que van desde la psicodelia oscura de
Mr. Selfish al electro-disco pegadizo de este
Come Back to Me muy en la linea de La Roux, pasando por el refrescante pop de base de temas como
Better than Yesterday.
Tercera rubia en escena: Debbie Harris a la cabeza de los clásicos
Blondie. Esta vez la encontramos menos inspirada que en otras ocasiones pero no se le puede negar el empeño de veterana Pop-Rockera que quiere levantar un concierto agotando hasta la última barrita de su batería personal.
One way or another,
Call me... Un repertorio previsible pero agradable en el que no echamos en falta nada de lo que esperábamos de ellos salvo, tal vez, un poquito más de chispa.
Pero la chispa vino enseguida a manos de
The Selecter, unos veteranos del ska que nada tienen que envidiar a sus coetáneos Madness o The Specials. Es más, de todos ellos, probablemente son los que mejor pegada conservan y aquellos que han guardado una mayor dosis de locura gamberra frente a la facilidad de las tentaciones comerciales. Y es que escuchar cosas como
Too Much Pressure en directo y ponerse a saltar como un descerebrado es algo inevitable y universal, como confirmamos unos días más tarde en el concierto de la banda en el Cruilla BCN.
Al caer la noche llegó el momento de los pesos pesados del cartel. Cuando habíamos perdido la cuenta de las cantantes rubias del día,
Vanessa Paradis, nos conquistó con un gran sentido del directo y una serie de versiones muy rockeras de todos sus mejores temas, empezando por
Tu pars comme on revient y pasando por clásicos como
Sunday Mondays o
Joe le Taxi y alguno de sus éxitos más recientes como la canción
La Seine que comparte con Mathieu Chedid "M"
. De pronto, un tipo alto y melenudo que estaba escondido en un rincón con sus instrumentos, se destaca y se marca en dúo con Vanessa una emocionante
Station Quatre Septembre. Es el cantante
Benjamin Biolay, que últimamente la acompaña a todas partes aunque no se sepa muy bien qué tipo de dulce guerra se tienen declarada.
A continuación,
Fauve, el grupo de chavales que nos han metido hasta en la sopa este año en Francia. El caso es que las letras de su rollo
slam tienen dos o tres pasajes interesantes, casi memorables, pero el conjunto resulta facilón, pretencioso y saturado de lugares comunes que interpelan a una generación que ni siquiera es la suya. Con todos los respetos para los seguidores de este
bluff, si esto es lo que quedaba por inventar en la música, nos podemos ir yendo para casa.
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Por suerte, llegó
Indochine a poner la guinda de la noche y recordarnos lo que es una banda de rock.
Los esperaba un público de varias generaciones reclutado a lo largo de tres décadas de exultante vida musical.
Sirkis y sus colegas no defraudaron: salieron a arrasar y no dieron ni un momento de respiro. Desde un latido electrónico saltaban las primeras notas de
Electrastar. Nos volvimos locos con los primeros acordes de
Alice & June, y con
Memoria y
Miss Paramount. Nicolas Sirkis es un bólido en escena y va sin frenos pero aun así consigue detenerse para anunciar una sorpresa. Y en un chascar los dedos tiene una acústica entre las manos y se lanza a versionar
L'Hexagone del desaparecido
Renaud, un cantautor mítico, especie de Sabina galo, con lo que eso supone. Un minuto y medio sin respiración, con el público encogido de emoción en un silencio solo roto por algunos que se arrancan a cantar el himno con Nicolas. La tensión ambiente se acumula sobre la primera cuerda de la guitarra acústica y la hace saltar. "No me lo puedo creer, suelta Nicolas, he roto una cuerda!" Pero antes de que acabe la frase ya tiene otra guitarra y termina la canción como el "toreador" de escena que es, bien curtido en sus 30 años de andar por las carreteras y llenando estadios.
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Siguiendo con la pequeña pausa intimista,
Cali, el cantante que apadrina Déferlantes y con la excusa se da el gustazo de cantar con más de uno de los que pasan por escena, se marca con Nicolas unas frases del
Mandela Day que encadenan con
J'ai demandé a la lune. Más inspirados que nunca, nos damos de bruces con
College boy y estamos en las calles de la
Black City. En ellas encontramos joyas como la ochentera
Des Fleures pour Salinger o la inevitable
3ème sexe. En los bises, dos broches de oro:
Trois nuits par semaine y
L'Aventurier ambos entre mis temas favoritos del grupo.
Al acabar el concierto estábamos rodeados de sonrisas inconfundibles. Son las que provoca el placer de haber visto reinar a unos cuantos inmortales del Pop-rock en los jardines festivaleros del Chateau de Valmy.
Dr. J