Sin movernos de Barcelona, el Sònar llegará el 13 y 14 de junio. La estrella indiscutible de esta cita es Massive Attack, la banda por excelencia del trip-hop. En 2010 publicaron su último disco, ‘Helogiland’, con el que lograron colarse en el top diez del ranking de éxitos de ese año en más de quince paises y alcanzando el número uno en tres de ellos.
También se podrá escuchar el tecno oscuro del disco debut de Gesaffelstein, ‘Aleph’, publicado a finales de 2013. A pesar de que estéticamente Mike Lévy -nombre real del francés- tiene más de modelo de traje de noche que de dj, poco a poco se postula como la nueva promesa de la electrónica para este 2014, alabado por publicaciones como la indiscutible Pitchfork, The Washington Post, The Rolling Stone y medios especializados en el género.
En el cartel figuran otros como Richie Hawtin, Plastikman, Caribou, el muy recomendable Woodkid, Bonobo o Four Tet.
Este año Sziget Spain ha tenido la gentileza de invitar a Obuda Island a tres festivaleros que han vivido por primera vez la experiencia de la Isla de la Libertad. A través de sus ojos hemos vuelto a vivir Sziget como si fuera nuestra primera vez. Iniciamos una mini-serie con sus testimonios con las palabras que nos ha enviado Joaquinusrexus, un bloggero viajero cuyas aventuras podéis seguir en el blog Ligerosdeequipaje. Para él no sólo ha sido la primera experiencia en Sziget sino también la primera vez en un festival de música. Así vivió su estancia en la isla de Obuda.
Sziget ¿y eso qué es?
Así comenzaba para mí
la aventura. Una propuesta hecha en una noche de fiesta barcelonesa.
Con algo de sangre diluida en el alcohol que corría por nuestra
venas, tuvimos una idea muy interesante. Nos iríamos hasta Budapest
en autocaravana. Un road trip que nos llevaría al famoso festival de
Sziget. Encantado con la perspectiva de volver a viajar era fácil
convencerme y los festivaleros lo sabían muy bien. En medio de un
brindis, con un extraño líquido amarillo similar a la sangre de
alien, comenzaba el viaje.
Tras salir de Barcelona
llegué hasta Milán, donde dos festivaleros de aspecto imponente me
esperaban para evitar que me escapara y me metieron en el coche que
nos llevaría a destino. Nuestros pasos recorrieron las tierras de
Italia, Eslovenia y Croacia antes de llegar a la capital húngara. Conseguimos los pases, y nos pusimos en la cola
para entrar en la Isla. Y todo cambió...
Desde que pisas el
puente que lleva a Obuda el ambiente se trasforma. Todo es más
relajado, todo es más tranquilo, desaparece el estrés y te sientes
extrañamente feliz (y todo esto sin necesidad de sustancias
ilegales). La fauna local es la mejor. Gente disfrazada, otros con el
pelo pintado, gafas extrañas. Toda una variedad de gente pero todos
ellos con algo en común, el buen sentido del humor, el tono amigable
y las ganas de divertirse de forma sana. Aquí es fácil conectar con
todo el mundo. La música y la gente crean un campo de cultivo donde
cada cual saca algo bueno y aporta algo.
Y, por supuesto, está
la música. Tanta variedad que es imposible no encontrar algo que te
guste. Yo me quedaría con la fuerza de Skunk Anansie, la
interesante experiencia de Woodkid y el concierto de Blur donde
todos acabamos votando cual peonzas pero, como os decía, no es solo
la música.
Para mí, el festival pierde algo del encanto el fin de
semana. Es cierto que hay muy
buenos conciertos pero las hordas de festivaleros que invaden el
recinto desde Budapest no tienen el mismo encanto que ese szitizen que
vive y duerme en la Isla. El ambiente de relax y de utopía se
pierde un poco para convertirse en una macrofiesta, la magia se
diluye un poco. Pero bueno, hay que seguir en el flow como dice el Dr
J...
Sziget no ha sido sólo
un oasis dentro del dia a día, es una gran experiencia de
aprendizaje. Aquí consigues tener una nueva perspectiva de cómo
pueden ser las cosas. Dejas de lado prejuicios y ves que es fácil relacionarte con todo el mundo y compartir experiencias (aunque
hay que reconocer que la cerveza lo hace todo más fácil).
Después de semejante
experiencia festivalera eres un poco más sociable. Comienzas a
entender que, dentro de cada persona, puede haber un szitizen. Alguien
con quien hablar y reírte un poco. La vida puede ser un poco más
"Don´tworry, be happy"... y además está la música.
Todo el mundo habla de él y, sin embargo, antes de verlo en el escenario de Le Port, en el festival Weekend des Curiostés de Le Bikini en Toulouse, no sabíamos mucho del chico del bosque. Conocíamos sus trabajos en algunos clips de Lana del Rey y su temaI love you, que empezamos a escuchar por todas partes en la tele y en la radio, pero poco más. No podíamos imaginar lo que nos íbamos a encontrar cuando Woodkid saliera a escena a contarnos su obra The Golden Age.
Y decimos bien, a contarnos, porque la música es solo una parte de un espectáculo narrativo multimedia que trasciende los límites de un mero concierto. La música, de corte orquestal, se sostiene en los pilares de una percusión grandiosa y la parte audiovisual cuenta con una iluminación que parece tener vida propia y proyecciones cinematográficas de síntesis con una estética góticoalucinógena que muestra las ciudades imaginarias y los paisajes fantásticos en los que se desarrollan los cuentos de The Golden Age. Woodkid narra, con la cadencia lenta de su voz profunda y aterciopelada al más puro estilo Lana del Rey, sus relatos de guerreros de otros tiempos, de largos y duros viajes por territorios desconocidos, de batallas que rompen en pedazos las vidas de los personajes y los lanzan en busca de otros horizontes. Con todos estos ingredientes, no es de extrañar que alguno de sus temas haya servido para ilustrar videojuegos como Ironpara Assassin's Creed de Ubisoft y que el propio artista cite como inspiración el videojuego de Juego de Tronos. Pero también por todo ello, entendemos que la crítica y el público se encuentren divididos entre los que adoran todo lo que lleva el sello Woodkid y aquellos que detestan su música, por encontarla vacía y grandilocuente.
En realidad, no hay que ver a Yoann Lemoine(Woodkid) como un músico, sino como a un juglar que nos cuenta historias de la misma manera que lo hacían sus antepasados medievales pero con los medios que contamos hoy en día. El género existe, por lo menos, desde que en la antigua Grecia los ciegos como Homero iban de un lugar a otro contando la guerra de Troya y la accidentada vuelta a casa del héroe Odiseo. Con los tiempos, las formas cambiaron y también los héroes, pero la épica ha ido saltando de era en era hasta nuestros días. Los dibujos que mostraban las hazañas de los caballeros de Camelot mientras las cantaban los bardos en las ferias medievales, acompañados de liras y laudes, ahora son películas espectaculares y música de orquesta. El resultado conecta con el mismo tipo de público con el que lo hizo en otras épocas, la gente común que, en tiempos de crisis e incertidumbre, buscamos refugio en lugares imaginarios y en las hazañas de héroes increíbles. El propio álbum The Golden Age es, más que un disco, una especie de códice contemporáneo que plasma un relato a través de las letras de las canciones.
Volveremos a encontrarnos con Woodkid, al menos dos veces este verano: la primera en el Festival Internacional de Benicassim (FIB) y, unas semanas después, en la increíble isla de Obuda, en Budapest, durante el festival Sziget 2013. Mientras tanto, os recomendamos un viaje por la era dorada de este particular genio del espectáculo, en especial, a todos los amantes de universos imaginarios.